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Al estudiar las cualidades y la disposición de los tan llamados Animales inferiores, y contrastándolos con las del hombre, encuentro el resultado humillante para mi. Mark Twain
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Cuando los perros se van al cielo...
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con 0 valoraciones. Publicado el Wednesday, February 27, 2008.
Cuando los perros se van al cielo, no necesitan alas porque Dios sabe que ellos prefieren correr. El les da campos. Campos y campos y campos. Cuando un perro recién llega al cielo el sólo corre. El paraíso de los perros tiene lagos grandes, de aguas claras, llenos de gansos que cantan, que baten sus alas y que juegan. A los perros les encanta; corren al lado del agua y ladran y ladran y Dios los mira desde atrás de un árbol y sonríe.
Allí hay niños, por supuesto, niños ángeles. Dios sabe que los perros aman a los niños más que nada en el mundo, por lo tanto El llena el Paraíso de los Perros con muchos niños. Hay niños en bicicletas y niños en patines. Hay niños arrojando una pelota roja y niños elevando volantines a través de las nubes. Los perros están allí y los niños los aman.
Ah! y las galletas de perros. Galletas y más galletas, tantas como podamos ver. Dios tiene sentido del humor y hace Sus galletas con divertidas formas para Sus perros. Hay galletas con formas de gatitos, de ardillas, de conos de helado, de sándwich de jamón. Cada ángel que pasa tiene una galleta para un perro.
Y, por supuesto, todos los perros de Dios se sientan cuando los ángeles dicen "sit". Cada perro es un buen perro en el Paraíso de los Perros.
Dios da vuelta hacia afuera las nubes para hacer camas blanditas para los perros, en el Paraíso de los Perros, y cuando están cansados de correr y ladrar y comer galletas de sándwich de jamón, los perros encuentran una cama de nubes para dormir. Ellos giran una y otra vez en la nube... hasta que está bien, y entonces se acurrucan y duermen. Dios los cuida, a cada uno de ellos... y no hay pesadillas.
Los perros en el Paraíso de los Perros casi siempre han pertenecido a alguien en la Tierra y, por supuesto, los perros lo recuerdan. El Paraíso está lleno de recuerdos. Por eso a veces un ángel llevará un perro de vuelta a la Tierra en una corta visita, y silenciosamente, invisiblemente, el perro olfateará su antiguo patio, investigará al gato del vecino, seguirá al niño hasta la escuela, se sentará en el frente de su casa y esperará al cartero. Cuando esté satisfecho de que todo está bien, el perro regresará al Paraíso con el ángel, que es a donde pertenecen los perros, cerca de Dios que es Quien los hizo.
A los perros en el Paraíso de los perros que no tienen hogares reales en la Tierra se les da uno en el Paraíso. Los hogares tienen patios y antejardines y hay sillones donde descansar y mesas para meterse debajo mientras los ángeles se comen su cenas. Hay platos especiales con los nombres de los perros. Y cada perro es acariciado y a cada uno se le dice lo buen perro que es durante todo el día.
Los perros en el Paraíso de los Perros pueden quedarse el tiempo que quieran y esto puede ser para siempre. Ellos estarán allí cuando los antiguos amigos lleguen. Ellos estarán allí en la puerta. Son los perros ángeles...
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Tanto para Nada
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con 0 valoraciones. Publicado el Tuesday, September 04, 2007.
El sol de la mañana ya calentaba el árbol en el que se encontraba el nido. El rocío se empezaba a evaporar produciendo un calorcillo muy agradable para los polluelos que desde poco antes de que despuntaran los primeros rayos solares, piaban hambrientos y agitaban con insistencia sus alitas, no del todo emplumadas aún. Su madre, a manera de saludo, los acariciaba con el pico y las alas. Su padre, parado sobre la rama en la que, junto con su hembra, había construido el nido antes de que nacieran los bebés, oteaba el horizonte, presto a emprender el vuelo en la dirección que su instinto le indicara. Volteó a ver a su familia por última vez; encogió el cuello y las zancas, pegó un brinco al vacío y voló hacia los edificios que había visto desde su hogar gracias a que su alta silueta se dibujaba en el horizonte. A medio camino descubrió un charco y realizó un aterrizaje imprevisto para acicalar sus plumas. Muy pronto se posó sobre la balaustrada de uno de los balcones del edificio de condominios recién construido. Con mucho cuidado observó su entorno; abajo, una amplia avenida se iba poblando con autos, gritos y bocinazos. Voló tres manzanas más y descendió para agarrarse de un cable telefónico, justo enfrente de una gran mansión que tenía un jardincillo en el frente. Concentrando toda su atención en el pasto, notó que algunas lombrices salían a la superficie. Escogió una larga y gorda que ya avanzaba por la hierba. La observó pacientemente. Tenía que esperar el momento oportuno para tomarla por sorpresa; sería parte del desayuno de sus polluelos. Bajó con agilidad hasta el césped, apresó con el pico a la lombriz y tuvo que despegar inmediatamente porque los niños de la casa salieron corriendo; iban retrasados al colegio. La lombriz se zafó del pico; él no interrumpió el ascenso. Se volvió a colocar sobre el mismo cable. La lombriz se movía con lentitud sobre el cemento de la banqueta. El gorrión se iba a abalanzar sobre ella de nuevo cuando vio que el hombre que acababa de doblar la esquina se acercaba a su víctima. La observó por un instante y haciendo una mueca de asco, la desintegró dándole tremendo pisotón.
CÉSAR TÉLLEZ BRUN
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Rapacín
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con 0 valoraciones. Publicado el Tuesday, September 04, 2007.
Por César Tellez Brun
Era una tarde de domingo. El sol calentaba la adormilada ciudad. La televisión y la radio habían anunciado más de 200 puntos de agentes contaminantes suspendidos en el aire de todas las zonas de la sobrepoblada capital, por lo que desde los altos edificios era fácil observar una espesa e impenetrable nube gris a poca altura, que hacía llorar los ojos y causaba carraspera.
En la alameda (que ya casi no tenía álamos) se encontraba reunido un trío de niños fascinados por la originalidad del nuevo “juguete” que el tío de Osiel le había regalado por la navidad: un hermoso y joven halcón peregrino al que paradójicamente habían bautizado con el nombre de Rapacín .
El señor Ratágris había comprado a Rapacín en el mercado negro de especies exóticas en peligro de extinción, mejor conocido como Mercado de Sonora.
El iba con la idea de conseguir algún animal salvaje para dárselo a su ahijado e impresionar a toda la familia.
No se imaginaba la gran variedad de seres vivos que se podía adquirir en aquel lugar: lagartos, cacatúas, iguanas, armadillos, changos y una infinidad de aves de rapiña y pájaros de multicolores plumajes. De haber poseído la cantidad que el traficante le pedía, Ratágris hubiese comprado el cachorrito de león que el desalmado vendedor le ofrecía.
Finalmente optó por el halcón, ya que, además de contar con la suma de dinero para pagarlo, el exterminador le hizo una convincente lista de las ventajas que aquella compra representaba. Cuando Ratágris le comentó al saqueador que el falcónido iba a ser un presente navideño para su sobrino de nueve años, el insensible comerciante le dijo que el ave sería la compañía ideal para el niño, pues era sencillo educarlo, fácil transportarlo y barato alimentarlo.
Incluso le alcanzó para la muñequera de cuero y la cadena para sujetar las patas.
Luego de haber cerrado el trato y muy contento con su adquisición, Ratágris se dirigió, orgulloso, hacia la vieja casa de su madre, donde, hurgando en la covacha, encontró una oxidada jaula de alambre que recordaba él mismo haber arrumbado ahí tiempo atrás y la cual había aprisionado por más de una década a un lorito parlanchín que su papá le había regalado a su mamá. Rapacín apenas si cabía en lo que habría de servir como estuche para el regalo de Osiel, y aunque el tiempo fuese muy corto (unas cuantas horas), al halcón le parecieron días, pues Ratágris tuvo la brillante idea de envolver la jaula con el ave adentro con un vistoso papel y un moño en la cima.
Cuando más tarde Osiel, con sus ansias infantiles rasgó el envoltorio para abrir su regalo, Rapacín jadeaba, casi asfixiado y sus ojos tardaron algunos minutos hasta conseguir acostumbrarse a la potente luz de los múltiples focos de la casa.
El obsequio había sido, en efecto, todo un acontecimiento, y la familia entera se había sorprendido ante lo inusual del regalito y ensalzaron la ocurrencia del ingenioso Ratágris. Unicamente la mamá de Osiel mostró cierta reserva, ya que según sus propias palabras, nadie de su familia era animalero, y miraba desconcertada al ave , sin ocultar su desagrado e incluso sugirió la idea de que sería mucho más práctico, seguro y limpio si lo disecaban. Por fortuna, Osiel se opuso a aquella tan descabellada propuesta.
El pobre Rapacín aún no alcanzaba el peso promedio para los de su edad, ya que, tras haber sido atrapado en las montañas boscosas del norte de México, sus captores lo habían maltratado y mal alimentado. Luego de ser vendido a Ratágris, su dieta consistía en cacahuates y pescuezos de pollo.
Ahora, la mayor parte del tiempo se la pasaba encerrado en el cuarto de servicio, encadenado a una especie de atril. Solamente uno que otro fin de semana lo sacaban para “entrenarlo” torpemente unos niños irrespetuosos que carecían de la más vaga idea de cómo tratarlo o de cuales eran sus más elementales necesidades; ni siquiera le permitían posarse sobre las ramas de algún árbol circundante.
Como enviado por el dios de los plumíferos llegó Edmundo, un chamaco de doce años quien, por ser mayor que los otros tres creía saber más de todo y ser mejor, y para demostrarlo le dijo a Osiel: “Debes enseñar a tu águila a obedecerte y a que vuele un poco y luego regrese cuando la llames”. Acto seguido, fue a su casa por un pedazo de pan duro, y corriendo retornó donde Osiel y Rapacín. Hizo que el halcón picoteara unas cuantas veces el mendrugo y luego, poniéndose él mismo la muñequera, desencadenó a Rapacín y lo exhortó a que volara. De momento, el ave no supo qué hacer. Aquellas migajas rancias le habían abierto el apetito. Una rica serpiente o una buena liebre le hicieron agua el pico.
Sacudió sus alas.
Levantó primero una pata, luego la otra, y saltó al vacío.
Ascendió varios metros, dio una amplia vuelta y fue a pararse sobre las ramas más altas de un árbol. Después de pocos segundos, reemprendió el vuelo, con la firme idea de adentrarse en el bosque y cazar una culebra o una ardilla.
Cuando se dio cuenta, estaba inmerso en una densa niebla oscura. Alarmado y desorientado, viró hacia la derecha y descendió rápidamente en picada.
Un ancho río gris, pero de asfalto, pletórico de pequeños barcos de metal con llantas de hule apareció de pronto ante su vista.
Asustado ante la casi inminente colisión, realizó, por puro instinto, una rapidísima maniobra para volver a tomar altura, y otra vez, viró, ahora hacia la izquierda. Un espejo inmenso, no de agua, sino de vidrio, y no horizontal, sino vertical, apareció muy cerca en su camino. Volvió a virar lo más pronto que pudo y su ala derecha golpeó contra algo. Absolutamente atemorizado regresó a la Alameda y temblando se posó sobre un árbol cercano a los niños.
Se tranquilizó un poco y reflexionó.
No más ríos ni montañas ni serpientes ni acantilados ni conejos para él.
Solamente cacahuates y pescuezos de pollo.
Entristecido y resignado, descendió hasta el brazo extendido de Edmundo, que lo llamaba.
“¿Ya ves? -le dijo muy ufano a Osiel- Así se entrena a un águila”.
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NO, NONO, NO!
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con 0 valoraciones. Publicado el Tuesday, September 04, 2007.
Por Cesar Tellez Brun
Estaba abandonado, confundido, no sabía qué hacer. Desconocía mi paradero y la desbocada crueldad que patrulla los barrios más bajos y los más refinados también de esta deshumanizada sociedad. Ni siquiera intuía que me hallaba en medio de esta gigantesca urbe sobre poblada donde se mata por un bocado o por deporte o se corre el peligro de morir de inanición.
Echado sobre mis patas traseras debajo de un coche, maullaba por hambre y soledad, por sed y calor, inconsciente del grave riesgo que corría. Todavía no sé cómo había llegado hasta ahí. Era un manojo de pelos grises y blancos con dos grandes ojos verdes, picudas orejas y una cola larga.
Súbitamente, la tipluda voz de una buena mujer comenzó a hablarme con zalamería. Se me acercó y con gran facilidad me atrapó y me llevó consigo.
Cuando me di cuenta, íbamos en su automóvil con dirección desconocida para mí.
Muy pronto llegamos a su pequeño departamento y de inmediato me dio de comer y de beber. Me ofreció unas croquetas semirrancias para perro las cuales reblandeció en un poco de agua, no muy sabrosas, pero en mi situación no podía ser exigente. Cuando estuve satisfecho me eché en el sofá de la sala y me quede profundamente dormido.
Me desperté cuando el marido llegó. Sonaron unos pasos en el cubo de la escalera. En parte por mi nerviosismo natural y en parte por el amodorramiento, me asusté porque la mujer de repente corrió hacia la entrada. Abrió y se paró frente a la puerta, obstruyendo el acceso al hombre.
“Cierra los ojos–pidió la mujer. El hombre obedeció y se dejó llevar tres pasos hacia el interior de la casa.–Ya puedes abrirlos”.
“¿Y ora? ¿De donde sacaste eso?”– Eso, pensé yo, es un bello ejemplar de gato callejero, Felis catus , ¡para tu información, ignorante!
“¿No está precioso? Me lo encontré maullando debajo de un carro. ¡Pobrecito, estaba muerto de hambre! ¿Nos lo podemos quedar? ¡Di que si! ¡Míralo!”–Dijo ella mientras me cargaba entre sus brazos acariciándome el lomo.
El hombre me miró. Pude percibir en su mirada, si no una aceptación inmediata, sí una innegable conmoción.
Sin atreverse a tocarme, comentó: “¿Un gato? ¿Qué no querías un perro?”.
“¡Ay, no yo quiero a este! ¿Si? ¿Lo quieres tú también?–Inquirió ella suplicante.
Entonces él alargó su brazo y me acarició la coronilla. Yo emití un maullido corto y agudo, dulce y convincente. La pareja humana se rió.
“Si tú lo quieres, nos lo quedamos”.
“¡Gracias!”.–Dijo ella, dándole un beso en la mejilla. Luego él hizo algo que habría de ser el pan nuestro de cada día: con ambas manos jaló mi cabeza hacia uno y otro lado, estrujándome los pelos de mis cachetes, luego tiró de mis orejas. En primera instancia creí que era una agresión, pero de inmediato comprendí que era una manera un tanto cuanto brusca de demostrarme su cariño, ¡qué le vamos a hacer!
“¿Es hembra o macho?–Preguntó el ignorante, al tiempo que me levantaba por los sobacos, según él para observar mis genitales–¡Es una gata!–Declaró por el simple hecho de no ver mis órganos reproductores. ?¿Gata?–dije ofendido con mi más enérgica mirada,? gata es la que te barre y trapea, testarudo; ¡yo soy macho, macho!”. Pero mi muda protesta fue inútil, ya que el empecinado humano decidió ponerme el ridículo nombrecito de Sisí , ¡Háganme el favor!
Esa misma tarde la mujer, a quien el hombre, haciéndose el gracioso llamaba Zuqui , me llevó a mi primera cita con el veterinario. Fue una desagradable experiencia en la que entre otros sinsabores conocí un consultorio y la jeringa.
Tras una auscultación rutinaria, el médico confirmo mi género: “Resulta que la nena es un nene ”.
Zuqui (me tomaría algunos días para conocer su nombre verdadero) llamó a su marido para ponerlo al tanto de mi consulta con el doctor y aclararle lo de mi sexo: “¡Entonces se llamará Nono !”?Sentenció el chistosito; y así fue, desde ese día, Nono fue mi nombre oficial. ¡Hágase señor tu voluntad! Y a partir de aquel mismo día al hombre lo llamé Papi, sabiendo lo orgulloso que se sentiría de imaginarse que yo lo aceptaría como mi padre putativo.
Es verdad, como dicen los que adopté, que aquí estoy protegido, cuidado y alimentado, a salvo de la maldad de afuera, pero la mayor parte del día estoy solo y mi alma en el departamento. Ellos me ponen música clásica en la radio y ya hasta me gusta; la prefiero a la dead trash que escucha nuestro vecino del departamento contiguo, un tétrico homosexual que se autollama gothic gay , un tipo pavoroso que me aterra el simple hecho de topármelo en las escaleras.
Como tengo el departamento a mi entera disposición, me he dedicado a explorarlo palmo a palmo. Nadie tuvo que indicarme que la recién comprada arenera que pusieron en el baño era para hacer mis necesidades; yo solito la estrené el mismo día que llegó a mi casa. Me subo a la mesa del comedor, pero no me gusta para dormir; me echo mis siestas en los muebles de la sala, sobre las sillas del comedor y desde luego en las camas de los humanos.
Los descubridores siempre nos llevamos sorpresas a menudo no muy agradables.
El otro día vi que Papi abría la ventana de su recámara y ponía las cobijas a orear; en cuanto él salió al patiecillo a lavar sus calzoncillos, yo fui a averiguar lo de las cobijas; pegué un salto y caí sobre el pretil de la ventana, sobre las sábanas que con mi peso se resbalaron hacia el vacío. En la caída la sábana se enredó en mi cuerpo, lo que no amortiguó ni tantito la estrellada que me di contra el suelo, tres pisos más abajo. La combinación del golpazo con la envoltura textil me privó de cualquier cosa que no fuera relajar el cuerpo. Al poco rato oí la voz de Papi llamándome angustiosamente; tuvieron que pasar unos instantes para que mis pulmones pudieran recuperar el aire y yo pudiera expulsar un maullido de dolor, una súplica de auxilio. Papi se asomó y sólo vio la sábana, quizá creyó que el aire la había arrancado de la ventana. Fue el vecino de la planta baja, en cuyo patio fui a caer, quien se dio cuenta que debajo de la sábana estaba yo. Cuando bajó Papi, yo me sentía muy asustado y con sangre en mi hociquito. Debo reconocer que Papi también se asustó y me reconfortó todo el tiempo. Regresamos a mi casa y Papi llamó a Zuqui quien de inmediato (como debe ser) suspendió sus actividades profesionales para venir a verme. Este accidente causó otro más: mi segunda visita al doctor y mi segunda inyección. Por fortuna no hubo lesión seria.
De retorno en mi casa los humanos me sometieron a un sencillo entrenamiento.
“¡No, Nono, no!”.?Repetía una y otra vez Papi, poniéndome en el vano de la ventana, agarrándome firmemente entre sus brazos para prevenirme del peligro de saltar al pretil de la ventana. De inmediato entendí y jamás volví a saltar sobre cobijas que se estuviesen oreando colgadas del pretil de una ventana.
Suelo achatar mis garritas contra los muebles de la sala, los colchones de las camas y las cobijas y cortinas.
Tanto Zuqui como Papi me repiten constantemente cuando me ven “limándome” las uñas: “¡No, Nono, no!”. Pero, es que no me gustan los juguetitos que ex profeso me ha comprado Zuqui: un carrete de mecate burdo, de mal gusto y otras cosas aburridas, ¿Cómo se lo hago entender?
Y cuando vuelven del súper con comida y artículos para limpieza, se la pasan repitiendo: “¡No, Nono, no!”, porque yo inspecciono una por una las bolsas que van descargando.
El otro día logré evadir su vigilancia y salt é una bardita. Estaba sobre un techito volado frente a un gran árbol. Calculaba ya mi salto y la ruta que seguiría, cuando oí gritar a Papi : “¡Ahí está, va a saltar!”, y a Zuqui: “¡No, Nono, no!”. Claro que no salté. Regresé a la monótona seguridad de mi casa. Desde ese día me permiten salir al patio, pero amarrado de una cuerda lo suficientemente larga para evitar mi salto sobre la barda.
Con ciertos arreos para perro que Zuqui ya tenía antes de mi llegada, unas correas y unos tirantitos que me compró (y que a veces se le olvida quitármelos y me los deja puestos todo el santo día, con lo incómodos que son) me saca a pasear por las noches, cuando retorna de trabajar.
“¡No, Nono, no!”, cuando salto sobre ellos, acostados en la cama y muerdo por encima de las cobijas sus pies.
También me repiten la letanía: “¡No, Nono, no!”, cuando muerdo el periódico, la correspondencia o las agujetas de sus zapatos: “No, Nono, no” ¿Podrán entender mi curiosidad innata, mis deseos de libertad, de querer correr el mundo, de mirar lo que hay afuera? ¡No, Nono, no!
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La Fiesta Brava. Vista por ojos infantiles
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con 0 valoraciones. Publicado el Tuesday, September 04, 2007.
Por César Tellez Brun
Todavía recuerdo claramente aquel soleado domingo. Con mi madre y mi hermana fui a comer a la casa de mi abuela materna. Después de la abundante comida fui invitado por mi abuelo y uno de mis tíos a dar un paseo para comprar golosinas y pasar la tarde fuera de casa. Cuando me di cuenta, nos encontrábamos a las puertas de la Plaza México. Mi abuelo fumaba un grueso puro y mi tío portaba con elegancia su cachucha verde . Entregaron los boletos en la entrada y procedimos a tomar nuestros lugares en el tendido de sol. Una vez sentados, en cuanto pasó el primer vendedor, mis familiares compraron espumosos vasos de cerveza fría. Un pequeño grupo de músicos tocó algo, como una orden de iniciación de la corrida. Un señor con gorra y uniformado colgó una lámina con el nombre del primer toro: “Suertudo”. Otro que estaba detrás de la barrera de maderas pintadas de rojo abrió una puerta y se escondió atrás de la misma. Y allí estaba. Un brioso toro negro salió del oscuro túnel, con su encurvada cornamenta y la cabeza levantada, corriendo velozmente hacia el centro del ruedo. Dio dos vueltas y luego miró su entorno. Salió un torero con un capote rosa mexicano por un lado y amarillo por el otro. Miró fijamente al animal, luego pataleó y gritó algo a la bestia para atraer su atención y sus cuernos. En el siguiente lapso, como de tres minutos, escuché varias veces la palabra “ole”. Los músicos volvieron a resolplar sus trompetas; por una puerta más grande salieron dos hombres a caballo, con sacos como de lona, sombreros redondos y unas enormes lanzas: eran los picadores. Los subalternos capotearon al toro de tal manera que éste quedara frente a uno de los caballos primero y luego frente al otro. Los jinetes (unos viejos rete barrigones) con una saña injustificable, como si el indefenso toro hubiese matado a sus hijos, picaron al confundido animal hundiéndole la punta de la lanza hasta la cruceta, más del doble de mi mano infantil (tenía yo cinco años) y haciendo brotar la sangre por el morrillo del, hasta hacía poco, soberbio animal. Primero uno y luego el otro, ambos picadores hicieron su desagradable trabajo con un dejo de orgullo, a pesar de los chiflidos y las groserías que el público les gritó. En seguida el torero principal se quitó la ridícula gorrita y extendiendo la mano derecha, sujetando la montera en dirección al “juez de plaza” pidió el “cambio de tercio”. Dio unos cuantos muletazos y se volvió a escuchar el aviso de las trompetas. Un subalterno iba a salir hacia el ruedo, pero el torero lo detuvo con gritos y aspavientos; se dirigió a una parte de la barrera donde le dieron unos palos forrados con papel de vistosos colores y un gran clavo en la punta. Mi abuelo, que acababa de renovar su bebida, se paró y aplaudió; volviéndose a mi tío comentó: “El mismo va a banderillar”, como si fuera un acto heroico. En efecto, el torero corrió en diagonal desde la barrera y, como pudo le clavó ¡tres pares de banderillas! a lo largo y ancho del cuerpo. La sangre del toro brotaba de su morrillo y escurría hasta las pesuñas delanteras; cabeceaba desesperado al sentir arriba de sus cuernos los palos que se balanceaban y desgarraban su flagelada carne. El torero, con otro tipo de capote, salió a “hacer la faena”. Mi tío exclamó: “Está sobrado de patas”. “No coopera con la muleta, -replicó mi abuelo- mejor que se lance a matar ya”.
Yo, estremecido, volteaba mis ojos al cielo, horrorizado por la sangrienta humillación del toro, que a nadie había hecho nada y nada le importaba a nadie. El torero efectuó la “suerte de la muerte” y recibió una gran rechifla, pues dejó solamente “media estocada por todo lo alto”. Acto seguido, tres subalternos aparecieron alrededor del toro, tratando de marearlo, capoteándolo en redondo. “Todavía está entero” -gritó mi tío con los ojos inyectados; “Casi fue un pinchazo” -le contestó mi abuelo enardecido. Otra vez las trompetas. El torero cambió de espada. Se acercó al toro, posó medio capote sobre la arena para que el toro se agachara más. “Bravo” , gritó la apasionada concurrencia, ya que, aparentemente al primer intento de descabello, el torero se despachó al toro. Con el acero en la mano apuntando al cielo, los costados de su terno y ambas manos notablemente ensangrentadas, se paró en el centro del ruedo y con una sonrisa de oreja a oreja y la cara muy en alto, giró sobre sus pies agradeciendo la ovación, mientras otro subalterno le clavaba varias veces un cuchillo en la nuca al derribado animal. Y así tuve que soportar otros cinco sacrificios de toros en una repetitiva pesadilla de lanzas, banderillas y estoques, además de presenciar la espeluznante mutilación de otros toros, ya que, cuando según ellos, ha sido una buena faena, se premia al matarife con el rabo y/o las orejas de su inocente víctima.
Aunque de esto hace varias décadas, fue tan impresionante y denigrante que lo visualizo como si hubiera sucedido ayer.
Después del sexto toro, cuando nos levantábamos para salir, desconcertado le pregunté a mi abuelo: “¿A que hora empieza la fiesta?”
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El Arenque ingenuo
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con 0 valoraciones. Publicado el Tuesday, September 04, 2007.
El nervioso pez onduló con rapidez su elástico cuerpo. Hizo un esfuerzo por redoblar la percepción visual y logró traspasar con su mirada la turbulencia que súbitamente le oponía el agua.
Concentró toda su atención hacia el frente de su ágil desplazamiento y pudo observar con una claridad que aunque no total, sí aceptable, la carnada ensartada en el anzuelo (claro que no sabía de lo que se trataba).
Descubrió que de ahí provenía el olorcillo agradable que le abría el apetito. Cuando el bocado flotaba a poca distancia, se abalanzó sobre él. No pudo saborearlo. Ni siquiera masticarlo. En cuanto cerró la boca sobre la carnada, la varilla de metal perforó con su afilada punta el blando paladar del pez.
Cegado por su propia sangre, no veía más que rojo en derredor, y ¡qué suplicio! Se retorcía y revolucionaba en balde. La desesperación de sus movimientos por la intolerable sensación de dolor sólo conseguía encajarle más el punzón y agrandarle el hoyo entre los ojos.
Por instinto se resistía. Luchaba por nadar en reversa, lo que, contra un jalón tan fuerte, resultaba inútil y le provocaba más dolor.
Sintió que lo jalaban inexorablemente hacia la superficie. Siguió con la mirada la cuerda. Vio que corría sobre la caña que con una mano asía un hombre parado sobre una canoa, mientras que con la otra daba vueltas a una manivela para enredar la línea a la que estaba amarrado el anzuelo que él había picado. Emocionado, el hombre lo observaba. Los ojos en el rostro humano se ensancharon y los movimientos de las manos se hicieron más rápidos. "Me va a salvar." -Pensó el pez, seguro de que aquel ser superior se disponía a devolverle su libertad.
Ahora su cuerpo había sido sacado del agua con un tirón más violento y se retorcía por el aire. El hombre lo atrajo hacia su bote. En efecto, con un poco de dificultad por lo mojado del cuerpo y los incesantes movimientos del pez, lo agarró con una mano. A la distancia más corta posible vio en lo profundo de los ojos del humano. Buscó compasión o un ápice de comprensión, de respeto. Inmovilizado por la presión de la caliente mano, dejó que el ser superior realizara la maniobra que, estaba seguro, lo liberaría. La operación fue brusca y tortuosa. El hombre jaló el anzuelo sin importarle el horrendo dolor que al rasgar el paladar le provocaba al pez, cuya hemorragia aumentó. Con desprecio y gran alevosía lo aventó a la canasta donde yacían muchos de sus congéneres, algunos todavía agonizando. El pez se sacudía incontrolablemente.
Lo último que vio del hombre, fue que éste preparaba otra carnada y lanzaba el anzuelo otra vez al agua. Luego se topó con los ojos inexpresivos de sus hermanos y arriba, el cielo, azul y distante. Cesaron sus movimientos. Sintió frío. La oscuridad lo invadió todo. César Téllez Brun
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El Conejo y el Perro
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con 0 valoraciones. Publicado el Tuesday, September 04, 2007.
Un señor le compró un conejo a sus hijos. Los hijos del vecino, le pidieron una mascota al padre. El hombre compró un cachorro de pastor alemán.
El vecino exclamó:
- Pero él se comerá a mi conejo!
- De ninguna manera, mi pastor es cachorro.
Crecerán juntos, serán amigos. Yo entiendo mucho de animales. No habrá problemas. Y, parece que el dueño del perro tenía razón. Juntos crecieron y amigos se hicieron. Era normal ver al conejo en el patio del perro y al revés. Los niños, felices observaban cómo ambos vivían en armonía.
Un viernes el dueño del conejo fue a pasar un fin de semana en la playa con su familia. El domingo, a la tardecita, el dueño del perro y su familia tomaban una merienda, cuando entra el pastor alemán a la cocina. Traía al conejo entre los dientes, sucio de sangre y tierra... muerto. Casi mataron al perro de tanto agredirlo.
Decía el hombre: - El vecino tenía razón, ¿y ahora?
La primera reacción fue pegarle al perro, echar el animal como castigo. En unas horas los vecinos iban a llegar. - ¿Qué hacemos? Todos se miraban. El perro, llorando afuera, lamía sus heridas.
- ¿Pensaron en los niños y en su dolor?
No se sabe exactamente de quien fue la idea, pero dijeron:
- Vamos a bañar al conejo, dejarlo bien limpio, después lo secamos con el secador y lo ponemos en su casita en el patio. Como el conejo no estaba en muy mal estado, así lo hicieron. Hasta perfume le pusieron al animalito. Quedó bonito, "parecía vivo", decían las niños.
Y allá lo pusieron, con las piernitas cruzadas, como si estuviese durmiendo. Luego al llegar los vecinos se sintieron los gritos de los niños. ¡Lo descubrieron! No pasaron ni cinco minutos que el dueño del conejo vino a tocar a la puerta. Blanco , asustado.
Parecía que había visto un fantasma. - ¿Qué pasó? ¿Qué cara es esa? - El conejo... el conejo... -¿El conejo qué? ¿Qué tiene el conejo? - ¡Murió! - ¿Murió? - ¡Murió el viernes! - ¿El viernes? - ¡Fue, antes de que viajáramos, los niños lo enterraron en el fondo del patio!
La historia termina aquí. Lo que ocurrió después no importa. Ni nadie lo sabe. El gran personaje de esta historia es el perro. Imagínense al pobrecito, desde el viernes, buscando en vano por su amigo de la infancia.
Después de mucho olfatear, descubrió el cuerpo enterrado. ¿Qué hace él? Probablemente con el corazón partido, desentierra al amigo y va a mostrárselo a sus dueños, imaginando poder resucitarlo.
El hombre tiene la tendencia a juzgar anticipadamente los acontecimientos sin verificar lo que ocurrió realmente.
¿Cuántas veces sacamos conclusiones equivocadas de las situaciones y nos creemos dueños de la verdad?
La irrefrenable tendencia del ser humano a juzgar las acciones de los demás debería ser sometida al propio juicio de quien las ejercita.
Decimos "esto está bien" ó "esto está mal" ó esto es bello" ó "esto es feo" sin advertir que todas ellas son sentencias de carácter puramente subjetivo y que sólo responden a nuestra apreciación de la realidad.
Si en lugar de decretar absolutamente que "esto está bien" dijéramos "esto, para mí, está bien", y en lugar de decir "esto es lindo" dijéramos "esto me gusta" estaríamos mostrando una actitud más abierta y admitiendo que esa es nuestra visión de la realidad reconociéndole a los demás el derecho de tener la suya propia, tan válida como la nuestra.
Tener una mente abierta dispuesta a aceptar opiniones diferentes a las nuestras es sin duda, positivo y enriquecedor.
Porque muchas veces nos permiten detectar nuestros errores y corregirlos. Y esto se traduce en un mejoramiento de nuestra persona.
Pensemos bien antes de juzgar las acciones de los demás y de emitir juicios sobre las cosas. Pero no dudemos en someter a un severo juicio a nuestros propios pensamientos y actitudes, que nos sirva para depurar todo lo negativo que hay en nosotros.
En cuanto pongamos esto en práctica descubriremos que no tenemos la más mínima autoridad para juzgar.
César Tellez Brun
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De Ramas y Plumas
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con 0 valoraciones. Publicado el Tuesday, September 04, 2007.
Desde que vivo aquí, he tenido que adaptarme a los bruscos cambios del paisaje y he aprendido a sobrevivir rodeado de muchos elementos nocivos para mi frágil naturaleza. Lo curioso es que ni mi familia ni ninguno de mis antepasados decidimos cambiar nuestra residencia.
Fue la mancha urbana la que con su implacable y desconsiderada expansión absorbió por completo nuestro hábitat natural.
Antes, el bosque y el río constituían nuestra máxima riqueza y bienestar.
El verdor llenaba la vista desde cualquier altura a la que se volase (a la que volaran mis ancestros, porque a mí, de aquella hermosa geografía ya no me tocó nada).
El relajante rumor del constante flujo del río llenaba toda la región con su dulce canto, te pararas donde te pararas.
Me cuenta mi madre que cuando mi abuela le enseñó a volar no había la menor preocupación por las caídas. Cayera donde cayera había hierbas o plantas que amortiguaban el golpe de maravilla.
Cuando el abuelo deseaba un poco de paz, volaba hacia la montaña para regocijarse con los gorjeos de otras aves y el suyo propio, hasta encontrar la tranquilidad buscada.
Para cuando mis hermanos mayores ya habían nacido, cuando ya eran unos bebés chillones, las cosas empezaron a cambiar en nuestro entorno.
Una vez que mi hermano el mayor estaba en el nido esperando que mi padre le trajera algún bocado, llegó mi abuelo de visita.
Cuando mi madre le explicó que mi padre no tardaría en volver con la comida familiar del día, mi abuelo, siempre servicial y solidario, emprendió el vuelo para buscar a mi papá.
En lo que a encontrar a mi padre se refiere, no tuvo suerte, ya que regresó antes que éste. Pero, haciendo gala de su proverbial sentido de paternidad y dando muestras espontáneas de miopía, había cazado un insecto especialmente para alimentar a mi hermano. El bocado en cuestión era una descomunal cucaracha de las que en aquel entonces apenas se encontraban esporádicamente y las cuales hoy en día son tan comunes e injustamente atacadas. El voraz apetito de mi hermano hizo que éste se arrojara con avariciosa desesperación sobre el cadáver del dictióptero, al grado de atragantarse con la astillosa caparazón y ponerse al borde de la asfixia; lo peor es que sufrió de parálisis temporal, debido a que el cadáver estaba impregnado de insecticida.
Mi madre, siempre presta y precavida, insertó su pico en la garganta de mi hermano y extrajo en un solo movimiento la mitad del enorme bocado. Los vómitos subsiguientes lo salvaron de la intoxicación.
La familia del nido del árbol de enfrente tiene peores desgracias familiares que contar.
En una ocasión el jefe del nido hizo una escala para abrevar su sed en un charquillo y a los pocos minutos quedó inmovilizado para después morir por envenenamiento con gasolina.
Mi prima que pertenecía a una colonia de esas aves que les encanta vivir en las iglesias y que rápidamente se acostumbraron a la presencia y cercanía del homo erectus y sus cosas, murió atropellada por un coche en la puerta de la casa de su amigo el hombre.
A pesar de todo yo me siento afortunado.
He llegado a la adultez sobreviviendo a los diarios atentados contra mi integridad física.
He aprendido a defenderme y a no confiar demasiado en lo humano.
El río ya está seco y la montaña colmada de casas hasta su cumbre más alta. Los prados, en su mayoría, fueron sustituidos por chapopote y las puntas de los pinos por antenas.
El aire es espeso y el calor sofocante.
No obstante, no todo es trágico. Mi dieta es más extensa: tortilla, migajón, carne de cerdo, chocolate, y otras tantas cosas que, a falta de gusanos, los hombres nos han traído involuntariamente.
Hemos tenido que cambiar de nido varias veces, por aquello de las podas para no obstruir cables eléctricos.
Pero pese a todo, yo extiendo mis alas y remonto el vuelo.
Por César Téllez Brun
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De Mordida a Mordida
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con 0 valoraciones. Publicado el Tuesday, September 04, 2007.
Mandante se le acercó. Tomó un costal de yute y se dirigió al perro.
El animal al verlo, se paró y se le echo encima. El policía se arrimó a un poste y sacó del costal un plato con croquetas y un recipiente con agua fresca.
Con las luces de la torreta encendidas, la patrulla 10002 circulaba a baja velocidad por la lateral de Río Consulado, en la zona fabril de Azcapotzalco. Dobló en la calle de Naranjo y le dio la vuelta a la manzana para volver a salir al Circuito Interior por la calle de Pino.
—¡Ahí está!—dijo el comandante señalando con el brazo extendido por afuera de la ventanilla hacia un perrillo tuerto y muy sucio (debió haber sido blanco alguna vez) que estaba echado frente a la puerta de un banco.
El otro oficial orilló la patrulla y la estacionó frente a la sucursal de Bancapromex.
Ambos policías se apearon. El manejador abrió la cajuela de la patrulla. El co
—Todavía hay policías buenos.—me dije entre dientes y entré a la oficina, emocionado por la escena que acababa de atestiguar.
César Téllez Brun
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Delatado por su propia Naturaleza
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con 0 valoraciones. Publicado el Tuesday, September 04, 2007.
-¡No cantes!-le susurré desde una rama más alta-¡Por el amor de Dios, guarda silencio!-Yo quería alertar mis sentidos en busca de algo extraño, algo que el viento y el follaje ya habían detectado y trataban de transmitirme; algo escurridizo y ominoso que ponía mis nervios de punta.
Pero su desbordado entusiasmo aunado a su juventud e inexperiencia no le permitieron escuchar mis advertencias. Su trino, alto, claro y hermoso, dominaba la arbolada senda y parte de la loma, indicando a los intrusos depredadores la ubicación exacta de la bella ave.
Yo tuve que volar por mi propia vida. El, regocijado con su propio gorjeo, se quedó en la rama baja.
Los invasores, certeros e implacables, lanzaron sus redes, manipularon sus largas varas y mi pobre hijo fue apresado en un abrir y cerrar de ojos. Lo metieron en un costal, envuelto en unos trapos. Le aplastaron el suave plumaje y le maltrataron las frágiles patas.
Su dulce trino, su canto de amor y de libertad inocente, jamás se volvió a oír en la colina.
Murió de tristeza y soledad en una jaula de alambre con vistas a una jardín muy grande, sin saber por qué lo habían encarcelado; pidiendo a Dios su liberación, clamando al cielo por sus alas.
César T éllez Brun
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